PREGÓN DE LA FERIA DEL LIBRO DE TOLEDO 2017

Tras dar el pregón de la Feria del Libro de mi ciudad, Toledo, os lo dejo aquí por si no pudisteis venir y os interesa leerlo. Para mí fue toda una experiencia. 😀

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Buenos días a todos.

Quería empezar dando las gracias al Ayuntamiento, a sus representantes y a la Asociación de libreros por haberme invitado a que hoy inaugure la Feria del Libro de Toledo. Gracias a los que os habéis acercado a escuchar este pregón, a mi familia y amigos. Gracias a todos los que año tras año, de una u otra forma, colaboráis y colaboran en la Feria: librerías, editoriales, entidades y asociaciones que consiguen sacar adelante este magnífico proyecto. Y gracias, por supuesto, a todos los lectores.

Es un enorme orgullo ser el elegido para principiar un acto tan importante y tan especial.

Especial no solo porque es en la ciudad que me vio nacer, sino por los recuerdos de estos días de feria como «los ansiados». Días mágicos en los que, siendo un niño, acudía con mis padres hasta el paseo del Miradero, donde se ubicaba la Feria por entonces, en busca de novelas de aventuras y de ciencia ficción (sí, de chiquitito ya apuntaba maneras). ¡Quién me iba a decir que unas décadas después iba a estar inaugurando el acto!

Y también especial porque estamos celebrando el 30 aniversario del reconocimiento por parte de la UNESCO de Toledo como Patrimonio de la Humanidad, hecho que ocurrió el 26 de noviembre de 1986, por cierto, día en el que, casualmente, yo cumplía 10 años. Y claro, como no podía ser de otro modo, en esta edición de la Feria del Libro conmemoramos la efeméride vinculándola con lo literario.

Pero no solo dije que la Feria del Libro de Toledo fuera especial, sino también importante. Pocas son las ciudades que cuentan con un patrimonio literario con la relevancia del toledano. Rascamos apenas en nuestra historia y hallamos un listado de titanes de la literatura ligados de una u otra forma a la ciudad: Garcilaso de la Vega, Francisco de Rojas, Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, Lope de Vega, Tirso de Molina, Calderón de la Barca, Gustavo Adolfo Bécquer o Benito Pérez Galdós, entre otros. Por no mencionar a Cervantes, quien llega a contar en el inmortal Quijote que el manuscrito, firmado por un tal Cide Hamete Benengeli, lo encuentra en el Alcaná de Toledo, a cien metros de este mismo lugar.

Fijaos por tanto en la enorme responsabilidad que supone para mí dar comienzo a la feria. Máxime cuando llevo menos de dos años publicando. En mi descargo, eso sí, he de confesar que he tenido el inmenso placer de recibir numerosos premios literarios, incluidos el otorgado por la Universidad Politécnica de Cataluña o el Domingo Santos, que se entregó en la Convención Europea de la Ciencia Ficción. Tempranos éxitos estos que, sin embargo, no me han llevado a pronunciar el tan temido «nadie es profeta en su tierra». Más bien al contrario. Por supuesto, en esta simbiosis, llevo con orgullo el nombre de Toledo allí donde voy. Nada hay más satisfactorio que ser vinculado con tu ciudad. Y precisamente, de un modo casi poético, fue en Toledo  donde gané mi primer concurso literario, con el que es además mi primer relato, hecho que me espoleó a iniciar mi carrera en esto de juntar letras. Fue un relato para Toledo, que transcurre en Toledo y escrito por alguien nacido en Toledo. Pero no solo en este cuento me sirve la ciudad de ubicación, también en otros como Xocolatl, El prisionero, o en mi última novela (Laberinto Tennen), donde el nombre transmuta a Tolte (un Toledo de un futuro lejano). ¿Y es que no habla el escritor de lo que ve, de lo que vive, de lo que siente?

Pero en este pregón, que no quiero extender demasiado, mi pretensión es romper una lanza por la lectura, cómo no. Por su trascendencia vital. Desde mi infancia, como he dicho, fue una de las actividades que colmaron de color mi existencia. Con la lectura las penas y dolores se mitigan, y viajas y luchas y penas y ganas y ríes y lloras. Vives otras vidas, y esto intensifica la propia. Todavía recuerdo cómo, siendo un chiquillo, tomaba el autobús, línea 6, para llegar a Zocodover, cruzar el arco de la sangre, comprar un libro en la librería «Fuenteovejuna», ahora «Hojablanca», y luego regresar a casa, ansioso por comenzar a leer.

Eso sí, cuando hablo de romper una lanza por la lectura, me refiero a la LECTURA, con mayúsculas, pero no por referirme a una de excelsa calidad, sino por referirme a una inclusiva, una a cualquier nivel. Rechazo el clasismo, incluido el cultural, y aunque no se nos escapa que la brillantez literaria varía, abogo por la lectura de toda clase, pues ya, por sí solo, alcanzará el lector las obras con peso específico igual que el agua encuentra su cauce. Como bibliotecario que soy, me gustaría mencionar a Ranganathan, matemático y bibliotecario indio considerado padre de la biblioteconomía, quien entre sus 5 leyes estableció: «A cada lector su libro. A cada libro su lector». No obliguemos a leer determinadas obras, cedamos espacio. ¿Qué quieres leer? ¿Eso? Pues adelante, disfruta. Distinto es que orientemos, que aconsejemos, pero nada más. Ahí está la tarea del bibliotecario, la tarea del librero, labor magnífica de una repercusión casi invisible y sin embargo inestimable. Yo, sin ir más lejos, empecé a leer con cómics, con libro-juegos… Ya se llegará a García Márquez y a Melville y a Cervantes y a Dostoyevski, o tal vez no, quién sabe. Pero leamos, que tiempo hay para evolucionar. Empecemos por lo que a cada uno le guste y desarrollémonos de forma natural. Mostremos a los grandes maestros, siempre, pero a su debido momento. Yo intercedo por todo tipo de lectura, que al final el lector encuentra su propia senda. Caminemos antes de echar a correr. Y luego, corriendo, deleitémonos con la velocidad.

Así mismo, me quiero referir a los libros electrónicos, denostados en algunos círculos por cierto prejuicio de nuevo. Yo, bibliotecario y bibliófilo, me decanto por el papel, nada como el olor de las páginas de un libro. En inglés, de hecho, ya han acuñado un término curioso: booksniffer, esnifador de libros. Sí, nada como el contacto con el papel, como la posibilidad de hojear las páginas adelante y atrás, como la sensación de control de la lectura de un modo global, como el objeto en sí, parte de una colección heredada o heredable, como el disfrute de las ilustraciones o de la encuadernación, como la ventaja de no precisar de más medios que tus ojos para leerlo, que en este caso no hay software que pueda quedarse obsoleto, salvo esos mismos ojos.

El libro en papel no precisa de baterías, es un regalo perfecto y, por si fuera poco, está demostrado por numerosos estudios que el texto se comprende y recuerda con mayor facilidad que si lo leemos en una pantalla.

Pero tampoco condeno al electrónico. De hecho, lo tengo y lo disfruto. No ocupa espacio, te puedes llevar de viaje cientos de libros en su interior, puedes leer con poca luz si dispone de retroiluminación, es más barato, puedes adquirir el libro en cuestión de segundos, no se deteriora con el paso del tiempo… ¿Por qué no hablar entonces de convivencia, y más en una ciudad modélica al respecto como esta?

No perdamos de vista lo que de verdad importa: la lectura.

Y la clave para que su salud se fortalezca reside en que los jóvenes se acerquen a ella, a la lectura, como una de las mejores experiencias que nos puede ofrecer la vida. Sin embargo, y por desgracia, en un mundo ultratecnológico como este parece estar quedando relegada a un segundo plano. Tablets, móviles, videojuegos y redes sociales, que no requieren apenas esfuerzo, que ofrecen recompensa de cartón piedra inmediata y que poseen un efecto fagocitador del tiempo, acaban devorando a la lectura, pues a pesar de que esta suponga un placer inigualable, encontramos mayor dificultad en un principio, pues precisa de un denuedo mental al que no estamos acostumbrados. Aunque vuelvo a la convivencia: ¿hemos de negar entonces las tablets, los móviles, los videojuegos, las redes sociales? No habría nada más absurdo. Dar la espalda a lo inevitable, al futuro que se hace presente con inmediatez no es más que taparnos los ojos y pensar que así el tiempo se detiene. Si damos la espalda al futuro hecho presente, no podremos llegar ni a las nuevas generaciones ni a las que están aún por venir. Convivan pues ambos disfrutes, pero, eso sí, sin olvidarnos de la lectura, ese gimnasio para la mente. No lo voy a descubrir yo ahora, ya los grecolatinos vinculaban la lectura a la lista de actividades que había que hacer cada día. Lo denominaban «el sano ejercicio de leer». Fueron los romanos quienes acuñaron el «nulla dies sine línea» (ni un día sin [leer] una línea).La lectura favorece la concentración, previene el alzheimer y otras enfermedades neurodegenerativas, pues se ejercita la memoria, la imaginación y la capacidad de abstraer, mejora nuestro lenguaje, aumenta nuestro nivel cultural, permite sentir mayor empatía hacia los demás al “vivir” desde otros puntos de vista y, lo más importante, genera un inequívoco placer. No hay historia como la que adaptas con tu propia mente, ni emoción tan intensa como la creada por uno mismo aun a través de un texto.

Pero no quiero terminar sin hacer mención al género que cultivo: el fantástico, que engloba la ciencia ficción, la fantasía y el terror. Género lamentablemente considerado como periférico en España, pero no así en países más proclives a la lectura, como los anglosajones. Aquí se suele prejuzgar al género fantástico y lo creemos inferior por aquello del clasismo mencionado que impregna a gran parte de nuestra sociedad.

No, el género fantástico no solo narra simples historias de evasión y aventura (que haberlas, haylas, y desde luego ya sería más que suficiente), sino que también cuenta en su esencia con un elemento crítico y reflexivo extraordinario.

En mis charlas suelo mencionar las palabras de un periodista, que dijo: «El trasfondo de la ciencia-ficción es la búsqueda metafórica en estrellas lejanas de lo que realmente nos preocupa en nuestra vida cotidiana».

Sin mayor reflexión, nos olvidamos de que innumerables grandes clásicos de la literatura de todos los tiempos pertenecen al género, como las obras de Julio Verne, de Wells, u otras como Frankenstein de Mary Shelley, 1984 de Orwell, Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, Un mundo feliz, de Aldous Huxley, Matadero 5 de Kurt Vonnegut, Solaris de Stanislaw Lem, Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift, El señor de los anillos de J.R.R. Tolkien y un larguísimo etcétera. O bien de aquellas obras de escritores, digamos generalistas, que se deciden por hacer una incursión en el género y obtienen un rotundo éxito de crítica y público. Citaré solo algunos ejemplos: Cormac McCarthy con La carretera, Anthony Burgess con La naranja mecánica, Eduardo Mendoza con Sin noticias de Gurb, Edmundo Paz Soldán con Iris o Rosa Montero con Lágrimas en la lluvia.

Leamos, leamos sin prejuicios, que podemos estar dando la espalda al paraíso sin saberlo. No miremos solo hacia delante, arranquémonos los tapaojos y, como un buen fotógrafo, observemos en todas direcciones. Mantengamos vivo el trasiego del conocimiento, recordemos que, como decía James Russell, «Los libros son las abejas que llevan el polen de una inteligencia a otra». Así que leed, leed, ¡leed!, que ya lo decía nuestra Santa Teresa: «Lee y conducirás, no leas y serás conducido».

Muchas gracias y muchos libros.

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